Adéu a Nihil Obstat | Hola a The Catalan Analyst

Després de 13 anys d'escriure en aquest bloc pràcticament sense interrumpció, avui el dono per clausurat. Això no vol dir que m'hagi jubilat de la xarxa, sinó que he passat el relleu a un altra bloc que segueix la mateixa línia del Nihil Obstat. Es tracta del bloc The Catalan Analyst i del compte de Twitter del mateix nom: @CatalanAnalyst Us recomano que els seguiu.

Moltes gràcies a tots per haver-me seguit amb tanta fidelitat durant tots aquests anys.

dilluns, 21 de juny de 2010

Víctimes sense vídeo

El vídeo d'Azucena Rodríguez, en el que 14 actors encarnen 14 víctimes republicanes de la guerra civil, ja té resposta: "Nosotros sí perdonamos: los otros testimonios de crímenes impunes de la Guerra Civil".
«Me llamo Manuel Martín, fui fusilado y tirado al río»
«Soy Manuel Martín y era vicepresidente de las juventudes de Acción Católica en Talavera. Era un importante abogado y persona muy conocida, que me llevaba bien con todo el mundo. Era muy aficionado al fútbol y jugaba de portero en el Talavera, cuando el fútbol no levantaba las pasiones de ahora. Creo que no era malo.

El 21 de julio de 1936 estábamos en una reunión cuando llegaron los del otro bando, algunos conocidos míos, que habían sido compañeros en el colegio. Cosas así sucedieron mucho en esos tiempos.

Me cogieron y me encarcelaron. Sufrí un derrame cerebral de la depresión y de lo mal que lo estaba pasando. Me llevaron al hospital donde conseguí curarme. Después me trasladaron a la cárcel, que estaba al lado.

El 21 de agosto me sacaron de allí y nos llevaron al Puente de Silos. Nos dispararon y después nos tiraron al río. Yo estaba en forma, era portero del Talavera y tenía mucha vitalidad, así que, aún herido, me puse a nadar, pero unas señoras que estaban por allí, puede que lavando la ropa, dijeron: «Mira, mira, los acaban de fusilar» y en vez de ayudarme, me tiraron piedras.

Yo estaba vivo, intentando esquivar lo que me lanzaban. Pero fue imposible. Me ahogué. Mi cuerpo no ha aparecido».


«Yo, Manuel Gordon, sé que mi mujer les va a perdonar»
«Soy Manuel Gordon y estaba en Mallorca cuando empieza la guerra y vuelvo en el último barco a Barcelona. El puerto estaba en llamas y el capitán quería ir a Francia. Le convenzo para ir a Tarragona, porque mis cinco hijos estaban en Tortosa con la abuela.

Al llegar me incorporo a mi trabajo en la Secretaría del Banco de España. Yo era una persona muy conocida, con presencia pública por mi labor profesional y religiosa.

Era un católico que vivía sin esconderme, aunque nunca me metí en política. Creo que fui de los primeros en ser cogidos. El 25 de julio, dos personas vinieron y me llevaron diciéndome que tenían que acompañarme al Ayuntamiento para preguntarme algunas cosas. No volví.

Me llevaron a la cárcel, al colegio de San Luis. Fue tan rápido, que lo único que me llevé fue lo que tenía puesto y un misal. Leía la misa diariamente.

Mi mujer vino a verme todos los días sin faltar uno solo y el 5 de agosto le dijeron que me llevaban a Tarragona. Nunca llegué hasta allí. Yo sabía a dónde me iba, pero pensé que si con mi sangre se tenía que salvar España, yo se la ofrecía a Dios.

En una furgoneta me llevan al puente de Garidells de El Perelló. Allí, junto a otros, me echan al campo y me fusilan. Pero conmigo no aciertan, no me matan, aunque me dejan la rodilla destrozada.

Como estoy en buena forma, logró escapar sin que se den cuenta. Intento escapar: es un campo con un desnivel y como estoy malherido, me caigo y me rompo definitivamente una pierna. Apenas puedo moverme, me arrastro dolorido y me refugio donde puedo.

No estoy a salvo, he dejado un reguero de sangre y los milicianos han vuelto por la tarde al lugar donde hemos sido fusilados. Se dan cuenta de que falta uno. Siguen el rastro de sangre. Como no podía ser de otra forma, al final me encuentran.

Me disparan treinta y tantos tiros. Sé que mi mujer les va a perdonar y mis hijos también. Como dice el Evangelio: ‘‘Perdónales, no saben lo que hacen’’».


«Soy José Cremades, recibí siete tiros»
«Soy José Cremades y fundé Acción Católica en Elda y eso, en esos tiempos, era como firmar una segura condena de muerte. Trabajaba en una fábrica de zapatos, como mi mujer.

Recuerdo que cuando empezó la guerra los milicianos iban a buscarme a casa y me decían que bajara. Yo quería, pues no tenía nada que temer, pero mi mujer me mandaba callar y nunca me dejó abrir la puerta.

Ella estaba asustada y quería que nos fuéramos. A veces, uno de mis muchos conocidos, de cualquier ideología, llegaba y le decía a los milicianos que me dejaran en paz.

Un día me crucé con un señor por la calle, que dijo para que yo le oyera: ‘‘¿Cómo que todavía está por aquí?’’. Ya estaba claro. Una tarde fueron a la fábrica a buscarme y me llevaron al cine Coliseo.

En cuanto mi mujer vio que yo no llegaba a comer, se preocupó. Contactó con varios amigos míos para ver si me podían sacar. A uno de ellos le dejaron pasar y, por lo visto, le prometieron que si me encontraba, me podía ir con él.

Pero había una pantalla y yo estaba detrás, escondido. Por un agujero, un compañero vio a mi amigo: “Mira, Cremades –me dijo–, te vienen a rescatar”.

Estuvo dando vueltas, me buscó y no me encontró. Se escapó mi oportunidad. Como era muy conocido, el 15 de septiembre me sacaron de noche para que nadie me viera. Me llevaron a un estercolero y me pegaron siete u ocho tiros.

Me dejaron tirado y sólo me encontraron a la mañana siguiente, cuando un conocido me vio al ir en el autobús que iba de Villena a Elda».


«Me mataron con mis dos hijos»
«Soy Enrique Sicluna, un militar retirado, con seis hijos. Cuando comenzó la guerra ya sabía que antes o después llegarían a por mí.

Un día de agosto vinieron a casa unos milicianos a hacer un registro. Comienzan a mirar por todos lados y, de repente, dicen que encuentran un papel de la Falange. Es difícil de creer, porque, aunque mi hijo Luis, de 23 años, que era médico, pertenecía a la Falange, había tirado todos los papeles. Ya conocía el peligro.

Mi otro hijo, que tiene mi nombre, Quique, de 16 años, estaba en la calle jugando al fútbol con un amigo. Como sabía que, debido a mi educación militar, soy muy estricto, y que me gusta que todo se haga a su hora, le dijo a su amigo que tenía que dejar de jugar y venir a comer, ‘‘que mi padre se enfada’’. Fue su perdición. Nos llevaron a todos los hombres de la casa y dejaron sólo a las mujeres. Mi mujer y cuatro hijas.

Nos conducen a la Dirección General de Seguridad y después a la cárcel Modelo. Estamos en la celda 644 de la galería cuarta.

Por lo menos, desde aquí puedo escribir varias cartas a mi mujer para que sepa que estamos bien. Quiero que con ellas sepa que la sigo queriendo. No sé cuántas llegaron y cuántas se quedaron en el camino.

Pero me preocupaba mucho la salud de mis hijos mientras estábamos en la Modelo. Hacía mucho frío y yo quería que de casa me trajesen bufandas, almohadas o colchones. También unas gafas para el pobre Luisito y una pluma cargada para que pueda escribir. También le pido un cepillo de dientes.

El 7 de noviembre le escribo otra carta. Sé que es la última. En la cárcel ya se oye que nos van sacar, pero no quiero preocupar y no cuento nada fuera de lo normal. Ese día salen de la Modelo tres sacas. Tres paseos de muertos.

En uno de ellos voy yo con mi hijo Luis y mi hijo Enrique. Dejo viuda y cuatro hijas. Una de ellas se casará con otro huérfano de un compañero que también ha estado aquí en la Modelo. Nos llevan a Paracuellos, nos entierran en una fosa común. Nuestros huesos no han sido identificados».