Adéu a Nihil Obstat | Hola a The Catalan Analyst

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dijous, 5 d’agost de 2004

Paul Johnson: "L'antiamericanisme és la pitjor forma de racisme"

Reprodueixo íntegrament aquesta entrevista a l'historiador britànic Paul Johnson perquè no té desperdici i tinc por que el link es perdi en pocs dies.
Cuando Paul Johnson era chico soñaba con ser artista. Su padre, un paisajista respetado, al ver sus intentos con el óleo y las acuarelas le dijo que, si bien era talentoso, podía ver que se avecinaban malos tiempos para el arte, “con fraudes como Picasso dominando el próximo medio siglo”.

“Busca ganarte la vida de otra manera”, le recomendó. El resultado fue que el joven Johnson, obedientemente, marchó a Oxford a estudiar historia y luego desarrolló una carrera con la pluma, con best-sellers mundiales que marcaron una época, como “Tiempos modernos”, “Intelectuales”, “Historia del cristianismo”, “Historia de los judíos”, “Estados Unidos: la historia” y “El nacimiento de la modernidad”, aún no publicado en castellano.

Hoy, al borde de los 80 años, se toma la revancha cada mañana en su atelier, en una magnífica casa georgiana, en el centro de Londres, pintando sus clásicas imágenes de la campiña inglesa, vistas del lago Cuomo y alguna que otra panorámica de los Andes. Luego va a su escritorio, besa los pies de un gigantesco Cristo (“Los republicanos lo robaron de una iglesia española y yo lo rescaté de un anticuario a pocas cuadras”, aclara) para que lo inspire, y se pone a trabajar.

En este momento hay dos temas que lo preocupan: tiene que terminar una reseña de la biografía de Bill Clinton (“El mentiroso más grande de la historia”, explica, sin más, a LA NACION) y un ensayo sobre las elecciones europeas (“En Gran Bretaña casi nadie es pro europeo; odiamos a Europa, no como lugar físico, pero sí a la Unión Europea y a Bruselas”, aclara).

Evidentemente, con el paso de los años, Johnson no ha perdido ni pelo –sigue con su distinguida mata gris con reflejos rojizos– ni contundencia en sus declaraciones. Una charla con él es extremadamente entretenida –es encantador y cada vez que se refiere a los personajes públicos con los que tuvo contacto directo, sean Bush, Thatcher, Blair, el Papa o la princesa Diana, imita con bastante precisión su forma de hablar-, pero en su transcurso puede resultar fácil ofenderse.
Por ejemplo, ni siquiera lo convence el título de esta serie de entrevistas: "No me gusta aparecer entrevistado como un intelectual -se queja antes de comenzar-. Para los intelectuales las ideas son más importantes que las personas. Hay cosas terribles que pasan porque intentan adaptar a la gente a las limitaciones de su pensamiento. Para mí, la gente viene antes que nada. No soy como aquellos que escriben, desde la izquierda preeuropea, que creen que sólo ellos saben cuál es el bien de los demás".

-Pero usted solía estar a favor de la unión entre los países europeos...

-Mi primer trabajo fue en París, en 1952, en una revista que trabajaba en favor de una Europa unida bajo la guía de Jean Monnet, máximo impulsor de la creación de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) y considerado el padre de la Unión Europea. Pero él era muy distinto de esta gente que ahora está en Bruselas. Para empezar, odiaba la burocracia y su objetivo siempre era mantenerla al mínimo. Segundo, y más importante aún, él estaba convencido de que Europa no podía y no debía ser construida sin una colaboración cercana con los Estados Unidos, para conformar, así, la gran comunidad occidental. Hoy estaría horrorizado por personas como Chirac, que ven a Europa como un contrapeso de los Estados Unidos. El presidente francés está en contra de todos aquellos a quienes De Gaulle llamaba les anglosaxons, y así le va. Mientras que la economía anda bien en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, no hay crecimiento para Francia ni para sus aliados alemanes. Este es un problema muy serio. Con el envejecimiento de su población y sin la incorporación de jóvenes que subsidien el sistema con su trabajo, y con el peso de la terrible burocracia de Bruselas, es imposible que logren salir adelante. Los franceses están supliendo su necesidad de mano de obra mediante la importación de árabes. Están importando musulmanes, algo muy peligroso, por razones que ni hace falta que explique. Otro tanto es cierto para Italia y, en cierta medida, también para España, un país que me ha decepcionado mucho.

-¿Por qué?

-Porque se comportaron como unos cobardes respecto de Irak. Fue algo muy poco característico de un pueblo no sólo valiente, sino de una enorme dignidad y sentido del honor. Pero esta vez, después de que unos árabes les pusieron bombas, se olvidaron de sus compromisos preexistentes y tuvieron elecciones, en las cuales ganó el partido de los cobardes. Conozco varios españoles que están muy avergonzados de lo que pasó. Espero que puedan revertir el rumbo, porque son gente maravillosa.

-Pero la población estaba en contra de la guerra en Irak aun antes de que Aznar mandara sus tropas.

-Estaban confundidos por los medios de comunicación. Saddam Hussein era un hombre muy peligroso. Llevó a su gente a una larga guerra contra Irán, en la cual es, personalmente, responsable por cuatro millones de muertos. Después invadió Kuwait, una agresión lisa y llana que costó otro millón de vidas. Tuvimos que pelear en una guerra para ponerle freno. En ese momento, la señora Thatcher estaba en el poder aquí y Bush padre, en los Estados Unidos. Un hombre encantador, pero indeciso y débil. El quería olvidarse de Kuwait y concentrarse en proteger Arabia Saudita. Se encontraron en la conferencia anual en Aspen, Colorado, y Thatcher, que ya había librado una guerra contra la agresión externa, en las Malvinas, le dijo a Bush padre: "No puedes ser tan tonto. Esto es un acto de agresión. ¿Lo vamos a dejar pasar? ¿Para qué fuimos a la guerra contra Hitler, entonces?" Y eso dio lugar a la operación Tormenta del Desierto. Lamentablemente, mientras tanto, Thatcher perdió su cargo y su propio partido la reemplazó por un primer ministro ridículo, John Major, y entonces. en vez de entrar en Bagdad y acabar con Saddam, que era lo que ella hubiese querido hacer, lo dejaron zafarse y tuvimos que pelear otra vez más contra este maldito hombre. Ahora, por suerte, Saddam Hussein fue capturado y está siendo juzgado gracias a que el joven Bush es muy distinto de su padre.

-¿Le gusta el presidente Bush?

-Claro, pero porque es el hijo de su madre, no de su padre. Barbara Bush es una señora dura y formidable y él salió a ella. En realidad, antes del 11 de septiembre él no sabía cuál podía ser su misión, más allá de ser presidente porque su padre había sido presidente. Pero después de los ataques se dio cuenta de que su objetivo era vencer al terrorismo, que ése debía ser el principio rector de su presidencia. Por suerte, tiene buena gente en su gabinete. Sobre todo, el vicepresidente, Dick Cheney...

-Esa visión no es la más popular entre los europeos?

-Yo no entiendo qué quieren los europeos. No se puede dejar que dictadores fuertemente armados, como Saddam, que es un psicópata, hagan lo que se les cante. Ahora me preocupan los iraníes, porque sus clérigos están desesperados por conseguir armas nucleares. ¿Vio lo que pasó con esos pobres soldados ingleses, un tiempo atrás? Estaban volando tan bajo cerca de la frontera con Irán que los pudieron arrastrar hacia el lado iraní y después decir que los estaban invadiendo. Es gente muy peligrosa. Tony Blair, a quien admiro mucho, fue muy débil con ellos. La próxima vez que lo vea lo voy a retar.

-¿Alguna vez la retó a Thatcher?

-Sí; le dije que se estaba corrompiendo. Ella me respondió: "Sabes que nunca toqué un penique ajeno". Y yo me reí y le dije que sabía que en ese sentido era la persona más honesta del mundo, pero que le estaba empezando a gustar demasiado el poder y que eso siempre es peligroso. Poco después fue derrocada.

-¿Y por qué detesta tanto a Chirac?

-Porque el antiamericanismo es la peor forma de racismo. En Estados Unidos uno encuentra gente de todo tipo, étnico, religioso o racial, así que odiar a Estados Unidos es odiar a la humanidad. Y Chirac -quien, en cuanto se le acabe la inmunidad va a ser llevado a juicio por la forma delincuencial en que usó fondos públicos para su partido cuando era alcalde de París- es tan profundamente anti-Bush que es responsable de que todo el establishment francés sea una máquina política antiamericana. No es el único, claro. La culpa la tiene toda esa elite intelectual francesa. Yo leo Le Monde y no pasa un día sin que publiquen alguna nota anti-Bush, así que el pueblo francés no puede sino estar confundido por ello.

-Pero ¿por qué cree que Chirac y el establishment político francés odian a los Estados Unidos?

-Son una elite de intelectuales para quienes las ideas son más importantes que las personas. Y si bien dicen ser democráticos, en realidad no entienden que el voto de la gente común, el de los pequeños comerciantes, es tan valioso como el de ellos. Creen que saben lo que es mejor para los demás y no aguantan que los Estados Unidos sean una verdadera democracia, en la cual lo que la gente dice se hace. Francia no es una democracia, en absoluto. Es un país manejado por los burócratas y por una elite política. El ciudadano común no tiene voz en el gobierno. Entonces, no le queda otra que hacer esas manifestaciones, cortando las calles, y, cada tanto, sacando al gobierno por la fuerza. Yo creo que en unos cinco o seis años vamos a ver otra revolución contra el régimen. Francia es un pueblo muy infeliz por culpa de sus gobernantes, con un diez por ciento de desempleados, las pensiones con problemas de recursos tales que Dios sabe qué ocurrirá con ellas y esa semana de 35 horas que es un desastre y que no permite que la gente pueda trabajar tan duro como hace falta para sacar el país adelante. Si esto sigue así, en unos años se escucharán disparos contra los políticos, sin duda. Los alemanes son más disciplinados, por lo que no creo que haya tantas revueltas allí, pero algo va a pasar con sus diez millones de desempleados. Y las cosas tampoco pueden seguir así para la Unión Europea. Los polacos, por ejemplo, y los húngaros son pueblos muy inteligentes, que no van a tolerar la dominación francogermana. Ellos saben que sin los Estados Unidos seguirían siendo esclavos de los soviéticos.

-¿Y qué va a pasar en los Estados Unidos? ¿Quién ganará las elecciones?

-Bush. Es muy difícil que un presidente no gane un segundo término. Además, la gente sabe que él les llevó a los iraquíes algo más parecido a la democracia y al Estado de Derecho que lo que tenían con su dictador. También, un punto fundamental, y que pocos señalan, es que California es el estado más importante de la Unión, y que ese actor tan cómico, Schwarzenegger, está haciendo un buen trabajo y es republicano, lo cual va a traducirse en una mayoría en el colegio electoral. No creo que Kerry, con sus mentiras, y ese muchachito curioso que eligió para vice, ese que se excita tanto cuando habla, tengan chances. Y esperemos que así sea, porque Kerry es aún más mentiroso que Clinton. ¡Todos estos años haciéndose pasar por un irlandés de Boston para conseguir votos, cuando sabía perfectamente que su familia era de judíos de Europa central! Un hombre que puede mentir sobre eso va a mentir sobre cualquier cosa.

-En este momento está reseñando las memorias de Clinton. ¿Qué le parece el libro?

-Largo, aburrido y una mentira, como su presidencia. Hasta tal punto mentir es parte de la naturaleza de Clinton, que lo hace no sólo cuando no es necesario, sino, incluso, cuando le puede jugar en contra. Por ejemplo, en sus memorias dice que su mujer se llama Hillary y no Hilary, con una "l", como es común en inglés, en honor de sir Edmund Hillary, el hombre que conquistó el Everest. ¡Pero ella nació en 1938 y Edmund Hillary logró su hazaña sólo en 1953, antes de la cual nadie lo conocía! Pero Clinton es tan, pero tan seductor que si no existiese la enmienda de la Constitución que lo impide, lo habrían seguido eligiendo. Tony Blair me decía: "Sé todo sobre los antecedentes de Clinton, pero cuando estoy con él no puedo evitar que me guste. Es superior a mí". La única explicación que yo veo para tal magnetismo es que le debe haber vendido el alma al diablo.

-Bueno, pero hay que admitir que ese poder de atracción carismática es algo fundamental para un político.

-Sí, pero a Clinton no le importa a costa de qué. La forma en que trabaja con las masas es incomparable, pero lo hace sin escrúpulos y no puede parar. Le doy un ejemplo: cuando dejó la Casa Blanca y vino de visita a Londres, se metió en un pub y gritó: "¡Los tragos son gratis para todos, porque yo invito!" La gente, como loca, lo aplaudía, lo besaba. Se juntó una multitud de mil personas afuera. Todos encantados. Todos, salvo una persona: el dueño del pub. ¡Porque Clinton se fue sin pagar! Al día siguiente, este pobre hombre fue a la embajada norteamericana a quejarse. Clinton ya había dejado el país, por supuesto, pero igual le reembolsaron su pérdida, con fondos de las arcas públicas. Una metáfora de su presidencia: él queda bien, pero pagan todos los norteamericanos.

-Una última pregunta: los argentinos no le caímos demasiado bien durante la Guerra de las Malvinas, pero ¿qué piensa de nosotros ahora?

-Buenos Aires es tan linda como París. Tiene librerías mucho mejores que las de Gran Bretaña y una Feria del Libro como no hay en Europa. El país tiene todo tipo de materias primas y una población educada. Cada vez que voy me lleno de tristeza, porque soy el primero en sorprenderse de que no siga siendo una potencia como lo era antes de ese espantoso hombre, Perón. Hace unos años fui a conocer a Menem y me pareció bastante inteligente y con una idea clara de hacia dónde debía ir el país, pero ahora resulta que era un delincuente? Ya no sé qué creer. Supongo que gran parte de la culpa la tiene la elite política de su país, que no sirve para nada. Pero eso no puede ser lo único. Cuando pienso en la Argentina, me vuelvo loco. Es uno de los pocos casos para los que no encuentro una maldita explicación.

Juana Libedinsky
Para LA NACION